Tomar al Padre: La Fuente de la Fuerza para Ir al Mundo

Tomar al Padre: La Fuente de la Fuerza para Ir al Mundo

Me costó horrores hacerlo.

Después de comprender la herida con mi madre, el siguiente paso en mi camino era «tomar a mi padre». Y si lo de mi madre fue una revelación dolorosa, esto fue como intentar mover una montaña con las manos desnudas. Décadas de guerra, de juicios, de la promesa de «jamás ser como tú»… todo mi ser se resistía.

De hecho, hay momentos en los que todavía no lo asumo, en los que la vieja historia del niño herido vuelve a tomar el control. Pero cuando lo consigo, cuando por un instante mi alma puede mirar al hombre que fue mi padre y simplemente asentir, sin pedirle nada, sin reprocharle nada… la sensación es inconfundible.

Tomar al Padre: La Fuente de la Fuerza para Ir al Mundo

Es confianza en la vida. Es la sensación de tener, por primera vez, los dos pies firmemente plantados en la tierra.

El Puente hacia el Mundo

Si en el post anterior vimos que la madre es la que nos da la vida, el padre es el que nos da la fuerza para tomarla y salir al mundo.

Sistémicamente, el padre representa el segundo gran movimiento de nuestra existencia. El primero es nacer y unirnos a la madre. El segundo es el que nos permite separarnos de ella, «cortar el cordón» simbólico, para poder tomar nuestro lugar en la sociedad. El padre es el arquetipo de la ley, de la estructura, de la dirección. Es el puente que nos lleva del universo íntimo de la familia al vasto territorio del mundo exterior.

Tomar al padre es tomar nuestra fuerza para el éxito, para poner límites, para mantenernos firmes en nuestras convicciones, para ocupar nuestro lugar con seguridad.

La Doble Herida (Parte 2): El Mundo Enfurecido

En mi caso, este segundo movimiento estaba tan herido como el primero. Si al buscar a mi madre en mi nacimiento encontré una ausencia que me enseñó que «la vida no está disponible», al buscar a mi padre en mi infancia me encontré con un hombre «enfadado con el mundo».

Su rabia silenciosa, que yo sentía mientras sostenía aquel cable al rojo vivo, fue mi primera lección sobre el mundo exterior. La lección fue: «El mundo es un lugar peligroso, hostil y lleno de ira».

Con la vida ausente por un lado y el mundo enfurecido por el otro, la única conclusión posible para mi alma de niño fue la autosuficiencia como trinchera. Pero una trinchera no es un lugar desde el que se pueda prosperar.

Las Formas de No Tomar al Padre

Rechazar al padre es un movimiento muy común, a menudo visto como un acto de fortaleza o de autoafirmación. Pero desde la mirada sistémica, es un acto que nos debilita profundamente. Las formas más comunes de este rechazo son:

  • El Juicio: Como hice yo durante años, juzgamos a nuestro padre por sus fracasos, sus debilidades, su carácter. Nos ponemos por encima de él, convirtiéndonos en sus jueces. Al hacerlo, violamos el Segundo Orden del Amor (Jerarquía) y, como vimos, quedamos enredados precisamente en aquello que juzgamos.
  • La Lealtad a la Madre: A menudo, un hijo rechaza al padre por lealtad a una madre que ha sufrido en la relación. El niño toma partido por ella, se convierte en su «pequeño soldado» y ve al padre como el «malo». Es un acto de amor hacia la madre, pero le cuesta al niño la mitad de su fuerza, la mitad de su herencia.
  • La Idealización: Paradójicamente, idealizar al padre también es una forma de no tomarlo. Al verlo como un ser perfecto e inalcanzable, nos condenamos a sentirnos siempre pequeños e incapaces de estar a su altura. No tomamos al hombre real, con sus luces y sus sombras.

Epílogo: La Fuerza de un Hombre Completo

La sanación, para mí, no fue «perdonar» a mi padre en un sentido convencional. Fue algo mucho más profundo. Fue el movimiento de «tomarlo» tal y como fue.

Es un acto de humildad. Es poder mirarlo y decir desde el alma: «Querido papá. Tú eres el grande, yo soy el pequeño. Gracias por la vida. Con eso es suficiente. Tu destino con el mundo, tu rabia, la dejo contigo. Ahora, con tu permiso, yo tomo mi lugar en el mundo con mi propia fuerza.»

Al hacer este movimiento, dejamos de luchar. Y al dejar de luchar, toda la energía que gastábamos en el conflicto vuelve a nosotros. Esa es la «confianza en la vida». Es la sensación de caminar por el mundo sabiendo que detrás de ti, sosteniéndote, están los dos pilares: un padre y una madre. Y solo entonces, con el apoyo de ambos, puedes ser un adulto completo.

Hemos explorado las heridas primordiales con nuestros padres, aquellas que a menudo son visibles. Pero a veces, la herida más profunda que sangra en un sistema es aquella de la que nadie habla.En el próximo post, nos adentraremos en el poder de lo no dicho. En el próximo post, hablaremos de «El Secreto: La Herida que Sangra a Través de las Generaciones».

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