Los Excluidos: Cómo un Aborto Olvidado Puede Afectar tu Vida Hoy

Casi recién casados, queríamos ser padres de inmediato. Pero el primer embarazo no llegó ni a anunciarse. Fue ectópico. Un aborto espontáneo que se presentó no como un duelo, sino como una emergencia médica. Todo nuestro foco, toda nuestra energía, se centró en la recuperación física de mi mujer, que fue un asunto grave. Jamás pensamos en las consecuencias psicológicas, y mucho menos en las sistémicas. Para nosotros, en aquel momento, no era la pérdida de un hijo; era la superación de una crisis médica.

Pasaron los años. Y solo a través del camino de desarrollo personal de mi mujer, esa herida olvidada volvió a la luz. Un día, ella pudo por fin nombrar y llorar a la que (sentimos) fue nuestra primogénita. Fui testigo del inmenso dolor y, a la vez, del profundo alivio que le supuso darle, por fin, un lugar en su corazón y en nuestra historia.

Desde entonces, en nuestro jardín, hay un rincón con calas blancas en su recuerdo.

Quizás te preguntes, como me he preguntado yo tantas veces, qué peso puede tener una historia así, tan íntima y sin un gran drama aparente. Y la respuesta que he encontrado es que su peso no está en el estruendo, sino en el silencio. Es la pesadez sutil de lo que no se ve, de lo que no se nombra. Es el peso exacto de un excluido.

El Fantasma en el Sistema

Un niño no nacido —ya sea por un aborto espontáneo o voluntario— es un miembro de pleno derecho del sistema familiar. Tiene su lugar, y su derecho a la pertenencia es tan sagrado como el de cualquier otro.

Sin embargo, el dolor, la culpa, el secreto o la creencia de que «aún no era un bebé» a menudo conducen a su exclusión. Se convierte en un fantasma, un hueco en el sistema del que no se habla. Pero el alma familiar, como hemos visto, no tolera los vacíos. Ese silencio no borra su existencia; al contrario, le da una fuerza inmensa en la sombra.

El dolor más agudo suele recaer en la madre. Su cuerpo tiene memoria. Aunque su mente intente seguir adelante, su cuerpo sabe que ha albergado una vida que ya no está. Puede manifestarse como una tristeza crónica sin causa aparente, una dificultad para conectar plenamente con los hijos que nacen después, o una sensación de culpa que no sabe de dónde viene. El padre, a su vez, puede sentir una impotencia o una desconexión que envenena la relación de pareja, a menudo porque no se ha creado un espacio para compartir el duelo de ambos.

El Amor que Carga el Hermano

Las consecuencias más profundas de esta exclusión a menudo las viven, sin saberlo, los hermanos que nacen después. Por una lealtad invisible al sistema, uno de los hijos posteriores puede «conectar» con ese hermano no nacido. Este vínculo inconsciente puede manifestarse de muchas formas:

  • Tristeza Heredada: El niño puede sentirse inexplicablemente triste durante toda su vida, como si llevara un duelo que no es suyo. En realidad, está cargando con la pena no expresada de sus padres o sintiendo la ausencia del hermano que faltaba.
  • Culpa de Superviviente: Puede desarrollar una creencia profunda de no merecer la vida o la felicidad. Siente una culpa inconsciente por estar vivo mientras su hermano no lo está, lo que puede llevarle a sabotear su propio éxito o a vivir una vida a «medio gas».
  • Una Mirada hacia la Muerte: En los casos más intensos, el niño puede sentir un anhelo inexplicable por «seguir» a su hermano fallecido. Esto puede manifestarse en comportamientos de riesgo, fascinación por la muerte o incluso ideaciones suicidas, que no son más que un movimiento de amor ciego que dice: «Yo voy contigo».

Estos niños no están «rotos» ni son «depresivos». Son niños profundamente leales que intentan, con su propio sufrimiento, hacer visible lo que fue invisible.

La Mirada Sistémica

Nuestro pequeño rincón de calas blancas en el jardín no es solo un gesto simbólico. Desde la Mirada Sistémica, es un acto de sanación de un poder inmenso.

Al crear ese rincón, hicimos varias cosas: reconocimos la existencia de nuestra hija, le dimos un lugar visible en nuestra familia y en nuestro corazón, y honramos su destino, que fue tan corto.

Este simple acto de inclusión lo cambia todo. Libera a los padres de la carga del duelo no expresado. Y, lo que es más importante, libera a los otros hijos. Cuando los padres asumen su propia pena y le dan su lugar al hijo que faltaba, los otros hijos ya no necesitan «cargarlo» por ellos. Quedan libres para tomar su propio lugar, el de los vivos, y para vivir su vida plenamente, sin deudas ni culpas invisibles.

Epílogo: Un Lugar en el Corazón

Incluir a los no nacidos no es un acto de tristeza, es un acto de amor que completa el sistema. No se trata de vivir en el duelo, sino de darles un lugar tranquilo en nuestro corazón para que nosotros, y los que nos siguen, podamos vivir en paz.

La ley de la pertenencia no solo se aplica a los que se fueron demasiado pronto. También se aplica a aquellos que formaron parte de nuestro sistema antes de que llegáramos nosotros, y cuyo lugar a menudo es borrado por las nuevas relaciones.En el próximo post, exploraremos otra de las grandes fuentes de exclusión y desorden. En el próximo post, hablaremos de «La Sombra de la Expareja: Honrando a los que Estuvieron Antes».

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