Ser Más Grande que tus Padres es una Trampa

A partir de mis catorce años, la relación con mi padre fue una guerra total. Durante décadas, esa guerra solo pasó a ser fría, una paz tensa y distante que se instaló con el nacimiento de mi primera hija. Durante toda mi juventud y gran parte de mi vida adulta, sentí que no me valoraba, que no era el padre que yo quería que fuese. Y no se cortaba en hacérmelo saber.

Mi reacción fue un juramento, un voto solemne pronunciado en el furioso silencio de mi adolescencia: jamás cometería sus mismos errores. Ansiaba tanto ser distinto a él, ser un padre mejor, un hombre mejor, que puse toda la energía de mi vida en esa oposición.

Triste ironía. No solo cometí los mismos errores, sino que, en mi afán por superarlo, cometí algunos peores. Me convertí, sin darme cuenta, en la versión 2.0 de él. Hasta tal punto que hoy, salvo por la barba que a él no le gustaba, cuando me miro de pasada en el cristal de un escaparate, a veces pego un respingo. Porque al que veo es a él.

Los detalles de lo que pasó ya no importan. Lo que importa es la lección que tardé media vida en aprender. Y es esta: he tomado a mi padre tal y como fue. Porque él fue el padre que yo tenía que tener para ser quien soy.

La Física del Alma: El Segundo Orden del Amor

En un post anterior hablamos de los Órdenes del Amor, esa «física» invisible que gobierna las relaciones familiares. Hoy nos adentramos en el Segundo Orden, el de la Jerarquía y el Flujo del Tiempo.

La ley es simple: quien llegó antes tiene prioridad sobre quien llegó después.

Esto no es una cuestión de valor o de poder. Es una simple constatación del flujo de la vida. Nuestros padres llegaron antes. Son los «grandes». Nosotros llegamos después. Somos los «pequeños». Ellos nos dieron la vida, un don tan inmenso que es imposible de devolver. Nosotros la tomamos. El flujo va de ellos hacia nosotros.

Cuando este orden se respeta, la fuerza de la vida pasa de generación en generación, y el hijo, nutrido y en su lugar, tiene la energía disponible para construir su propia vida. Pero cuando este orden se transgrede, el amor empieza a enfermar.

La Trampa del Juez Interior

¿Y cómo transgredimos este orden? A menudo, con la mejor de las intenciones, a través del juicio.

Cuando miramos a nuestros padres y los juzgamos —por sus errores, sus debilidades, sus fracasos, sus adicciones, su infelicidad—, nos colocamos, inconsciente y arrogantemente, en un lugar «más grande» que ellos. Nos convertimos en sus jueces. Y un juez siempre está por encima del acusado.

En mi caso, mi juramento de «jamás seré como tú» era una sentencia. Al juzgar a mi padre, no por ser un fracasado, sino por no ser el padre que yo quería que fuese, me erigí a mí mismo como el que sabía cómo se hacían las cosas bien, como el que tenía un estándar superior. Me convertí, simbólicamente, en el padre de mi padre. Y esa es la trampa. Porque un hijo no puede ser el padre de su padre. Es una carga contra natura.

El Precio de la Arrogancia Infantil

Ocupar un lugar que no nos corresponde tiene un precio altísimo, que se paga de dos maneras principales:

  1. La Repetición Inconsciente: Esta es la ironía más cruel del sistema. Aquello que rechazas con más fuerza en un padre, es aquello a lo que quedas secretamente vinculado. ¿Por qué? Porque para poder tomar la fuerza de un padre, tienes que tomar el «paquete completo», con sus luces y sus sombras. Si rechazas una parte, rechazas el todo. Al no «tomar» a mi padre, al no recibir su fuerza, quedé enredado con su debilidad, con su «sombra», y mi alma, en un intento ciego de reconciliación, me llevó a repetir su destino.
  2. La Pérdida de la Propia Fuerza: Un hijo que está ocupado en juzgar, salvar o «ser mejor que» sus padres es un hijo que no está disponible para su propia vida. Su energía no fluye hacia adelante, hacia su pareja, sus hijos, sus proyectos. Está estancada, mirando hacia atrás y hacia arriba, intentando arreglar algo que es más grande que él. El resultado es a menudo una vida vivida a medio gas, una falta de éxito, problemas de pareja o una sensación crónica de agotamiento y frustración.

La Mirada Sistémica

Al aplicar la Mirada Sistémica, mi historia se resignifica. Mi repetición de los patrones de mi padre no fue un fracaso de mi voluntad; fue la consecuencia inevitable de un desorden sistémico. Mi enfado y mi juicio no eran «malos»; eran el amor arrogante de un niño que quería un padre mejor.

La sanación no vino de «intentar con más fuerza» ser diferente. Vino del movimiento opuesto. Del acto de rendición que se resume en esa frase final: «Tomar a mi padre tal y como fue».

«Tomar a los padres» no significa perdonar, ni justificar, ni olvidar el daño que pudieron hacer. Es un movimiento interno, un acto de profunda humildad. Es «girarse» hacia ellos, inclinarse simbólicamente y decir: «Tú eres el grande, yo soy el pequeño. Gracias por la vida. Fue el precio que a ti te costó y como fue para ti, para mí está bien. Ahora, con lo que me diste, haré algo bueno con mi propia vida.»

Epílogo: Encontrar tu Lugar

Solo cuando un hijo ocupa su lugar de «pequeño», puede recibir toda la fuerza que viene de sus padres y de las generaciones anteriores. Y solo con esa fuerza, puede girarse hacia su propia vida y ser un adulto completo.

La trampa de ser «más grande» es una de las violaciones más comunes del Segundo Orden. Pero hay una forma aún más específica y conmovedora en la que los hijos, por amor, intentan ocupar un lugar que no les corresponde.En el próximo post, exploraremos una de las dinámicas de amor ciego más devastadoras. En el próximo post, hablaremos de «El Peligro de ‘Salvar’ a Mamá o Papá (La Parentalización)».

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