Mi condición de oveja negra, ese sentimiento de no encajar y de ser «inferior» que arrastraba desde mi familia de origen, se extendió como una mancha de aceite a la familia que acababa de formar. Nunca sentí que estuviera a la altura de mi esposa.
No es que ella me lo exigiera; yo mismo me encargué de construir el caso en mi contra. Me inventé mil excusas: que si ella encontró un trabajo estable antes de terminar la carrera, que si la mía era dificilísima, que si la mili, que si las peleas con mi padre… un rosario de justificaciones para una verdad muy simple: yo anhelaba estar a su altura, pero no podía, o no sabía cómo. Ahora sé que había toda una red invisible tirando de mí hacia abajo.

El caso es que ella, con una generosidad y una fuerza inmensas, se echó la responsabilidad a la espalda. Y yo, poco a poco, fui ocupando el cómodo y terrible lugar de un hijo más. Mi crisis personal y laboral no hizo más que agudizar esa dependencia.
Y pasó lo que tenía que pasar. La crisis también se extendió a mi relación. Ahora sé que era inevitable.
La Contabilidad del Alma
La historia de mi matrimonio, durante mucho tiempo, fue la historia de un profundo desequilibrio. Un desequilibrio que nace de la transgresión del Tercer Orden del Amor: el delicado equilibrio entre el dar y el tomar.
Esta ley es la que regula el flujo de la vida en todas nuestras relaciones. Es como la contabilidad del alma. Si las cuentas no cuadran, el sistema entra en bancarrota. Y sus reglas son diferentes según el tipo de vínculo.
- Entre Padres e Hijos: El Desequilibrio es la Norma
Los padres nos dan la vida. Es un don tan absoluto que es imposible de devolver. Aquí, el desequilibrio es el orden natural. Los padres dan, los hijos toman. ¿Cómo se salda esta «deuda»? No devolviéndola hacia arriba, sino pasándola hacia adelante: tomando la vida con gratitud y, a su vez, dándola a nuestros propios hijos o a nuestros proyectos en el mundo. El flujo siempre va en una dirección, como un río. - En la Pareja: El Equilibrio es la Condición
En una relación de iguales, como la pareja, el intercambio debe ser equilibrado. No se trata de llevar una contabilidad mezquina de «tú hiciste esto, yo hice aquello». Se trata de un baile. A veces uno da más, a veces el otro. Pero a la larga, debe haber una compensación. El amor crece en este intercambio.
El Peligro de Amar Demasiado (o Demasiado Poco)
Cuando este equilibrio en la pareja se rompe de forma crónica, la relación enferma.
- El que da demasiado: Se siente, con razón, superior. «Yo tiro del carro», «Sin mí, esto no funcionaría». Pero con el tiempo, se agota, se vacía y se llena de resentimiento. Su amor se convierte en una exigencia silenciosa de gratitud y reconocimiento.
- El que toma demasiado: Se siente, con razón, inferior. Vive en una deuda impagable. Se vuelve pequeño, pasivo, infantil. Para escapar de la incomodidad de la deuda, a menudo se retira emocionalmente o incluso abandona la relación.
Yo, en mi historia, ocupé el lugar del que toma. Me instalé en la comodidad de ser «un hijo más». Mi mujer, en su amor, ocupó el lugar de la que da. El resultado fue el predecible: ella, agotada y sobrecargada; yo, infantilizado e incapaz de ocupar mi lugar de hombre. El desequilibrio era tan grande que la crisis era la única salida posible para el sistema.
La Danza del Intercambio: «Un Poco Más» y «Un Poco Menos»
Pero, ¿cómo se mantiene este equilibrio en la práctica? Hellinger observó que el baile del amor adulto sigue dos reglas muy sutiles, una para el bien y otra para el mal.
- El Intercambaio en lo Bueno: Cuando recibes algo bueno de tu pareja, el amor exige que le devuelvas algo bueno también, pero un poquito más. Si tu pareja te prepara una cena especial, quizás tú al día siguiente le llevas flores y le preparas un baño. Este «un poquito más» genera en el otro una agradable sensación de «deuda» amorosa y el deseo de volver a darte, a su vez, un poquito más. Es una espiral ascendente que hace que el amor y la generosidad crezcan sin fin.
- El Intercambio en lo Malo: Inevitablemente, en una relación también nos hacemos daño. Si tu pareja te hiere, el amor exige que no te quedes en el lugar de víctima pasiva. Para restablecer el equilibrio y tu dignidad, necesitas «devolver» el daño. Pero aquí está la clave sanadora: lo devuelves un poquito menos. Si te grita, quizás tú le respondes con una frase fría pero sin alzar la voz. Este gesto dice: «No tienes derecho a hacerme esto, pero mi intención no es destruirte, sino restaurar el respeto». Al devolver un poco menos de daño, se detiene la escalada de la venganza y se abre la puerta a la reconciliación.
La Mirada Sistémica
Al aplicar la Mirada Sistémica, entendemos que este desequilibrio no era un simple «fallo de comunicación» o un problema de personalidades. Era la consecuencia de los enredos que cada uno traía de su propio sistema.
Mi incapacidad para «estar a la altura» no era pereza; era una lealtad invisible a mi rol de «oveja negra» y a mi conflicto no resuelto con mi padre. No podía tomar mi lugar de hombre en la pareja porque no había tomado mi lugar de hijo en mi familia de origen.
La tendencia de mi mujer a «dar demasiado» seguramente también tenía sus propias raíces en su sistema. Quizás aprendió ese rol por lealtad a una madre que también tuvo que tirar del carro sola.
La sanación no pasa por culpar al que da o al que toma. Pasa por que cada uno mire sus propias lealtades invisibles y asuma la responsabilidad de su parte del desequilibrio. Pasa por el reconocimiento mutuo del dolor que ese desorden ha causado.
Epílogo: El Baile del Amor Adulto
El amor infantil dice: «Te necesito, dame». El amor mágico dice: «Somos uno, no hay diferencia entre tú y yo». El amor adulto dice: «Yo te doy con gusto, y tomo con gusto lo que tú me das. Confío en que encontraremos el equilibrio».
Aprender a bailar esta danza es, quizás, el mayor reto y el mayor regalo de una relación a largo plazo.
Hemos explorado una de las dinámicas más comunes que surgen de este desequilibrio: la del que da demasiado, la del que se convierte en un «salvador».En el próximo post, pondremos el foco en esta figura tan heroica como trágica. En el próximo post, hablaremos de «Cuando Amar es Dar Demasiado: El Perfil del ‘Salvador'».