El Arte de Recibir: ¿Por Qué nos Cuesta Tanto Tomar lo Bueno?

Poca gente sabe esto. A raíz de empezar a trabajar con las constelaciones, sentí la necesidad de explorar mi historia familiar. Mi única fuente viva es mi madre. En una de nuestras conversaciones sobre el pasado, le pregunté por tercera o cuarta vez cómo había sido mi parto. Ella siempre respondía lo mismo: «Normal».

Pero ese día, algo hizo clic en su memoria. De buenas a primeras, añadió un detalle que lo cambió todo: «Ah, pues cuando tú naciste yo estuve a punto de morir…».

Como terapeuta físico, sé que la mente, para protegerse, olvida traumas inmensos. He visto a pacientes olvidar fracturas abiertas hasta que una pregunta concreta las trae de vuelta. A mi madre le pasó lo mismo. Se le había «olvidado» el detalle de que tuvo una hemorragia masiva, que su vista se fundió a negro y que perdió la conciencia durante un tiempo que no sabe precisar, pero que fue largo.

Un recién nacido, durante meses, no se diferencia de su madre. Se siente uno con ella. Y en mi momento de máxima vulnerabilidad, recién expulsado de la seguridad del vientre, al buscar a mi madre, ella no estaba. Su cuerpo estaba, pero su ser, su calor, su presencia, se habían ido al borde de la muerte.

Ese detalle, aparentemente nimio, ha marcado toda mi vida. Porque mi alma de bebé, para sobrevivir a ese terror primordial, sacó dos lecciones que se grabaron a fuego en mi sistema nervioso: la primera, que el mundo es un sitio peligroso. Y la segunda, y más importante: para no sufrir, lo mejor que puedes hacer es no necesitar.

La Herida de la Autosuficiencia

Esa conclusión infantil —»no necesitar»— es la raíz de uno de los sufrimientos más extendidos y silenciosos de la vida adulta: la incapacidad para recibir.

¿Te cuesta aceptar un cumplido sin minimizarlo? ¿Sientes una incomodidad inmensa cuando tienes que pedir ayuda? ¿Cuando alguien te hace un regalo o un favor, sientes una urgencia inmediata por «devolverlo» para no estar en deuda? ¿Te cuesta disfrutar del éxito, del amor o del placer sin una voz interna que te dice que no te lo mereces o que algo malo va a pasar?

Si has respondido sí a alguna de estas preguntas, bienvenido al club de los que aprendieron, muy pronto, que necesitar era peligroso.

Esta no es una cuestión de orgullo o de humildad mal entendida. Es una herida mucho más profunda. Es un «movimiento de amor interrumpido». Es la historia de un niño que, en un momento crucial, se giró para «tomar» (a la madre, la vida, el sustento) y no encontró nada. Y para no volver a sentir ese vacío aterrador, decidió cerrar la mano para siempre y aprender a sobrevivir con sus propios recursos.

Tomar a la Madre, Tomar la Vida

Desde la mirada sistémica, la madre no es solo la mujer que nos dio a luz. Es nuestro primer y más fundamental vínculo con la vida, con la nutrición, con la abundancia, con el éxito. La forma en que «tomamos» a nuestra madre es la forma en que «tomamos» la vida.

Si nuestra madre no estuvo plenamente disponible para nosotros (ya sea por una enfermedad como en mi caso, por su propia depresión, por sus lealtades a su familia de origen o por cualquier otro destino difícil), aprendemos a «tomar con reparo». Nos acostumbramos a recibir a medias, a no pedir demasiado, a conformarnos con poco.

Nos convertimos en adultos autosuficientes, fuertes, resolutivos… y profundamente desconectados de la fuente del verdadero sustento. Somos árboles que intentan crecer sin raíces. Podemos mantenernos en pie durante un tiempo, pero por dentro, estamos secos.

La Mirada Sistémica

Al comprender mi historia a través de la Mirada Sistémica, todo se reordenó. Mi dificultad para recibir no era un defecto de mi carácter. Mi tendencia a la autosuficiencia no era una virtud. Eran las estrategias de supervivencia de un recién nacido aterrorizado.

La sanación no pasó por «forzarme» a recibir. Pasó por hacer un movimiento interno de reconciliación. Por mirar a mi madre, ya no como el niño que demanda, sino como el adulto que comprende su difícil destino. Y poder decirle desde el alma: «Mamá, gracias. A pesar de todo, la vida me llegó a través de ti. Y ahora, como adulto, la tomo toda, con lo fácil y con lo difícil. Y te libero de la carga de tener que haberme dado más.»

Al hacer esto, al «tomar a la madre» con todo su destino, sanamos el movimiento interrumpido. Y al sanarlo, el alma por fin se relaja. Y una mano que ha estado cerrada durante cuarenta años, poco a poco, puede empezar a abrirse de nuevo para recibir.

Epílogo: El Permiso para Recibir

Aprender a recibir es un arte que se cultiva. Empieza por pequeños gestos. La próxima vez que alguien te haga un cumplido, prueba a decir simplemente «Gracias», sin añadir ninguna justificación. La próxima vez que necesites ayuda, prueba a pedirla, dándole a otro el regalo de poder dar.

El camino para sanar la herida del «no necesitar» es largo, pero reconocer su origen es el primer y más liberador de los pasos.

Hemos explorado el desequilibrio en las relaciones de pareja desde la perspectiva del que da demasiado y del que no puede tomar. Pero, ¿qué sucede cuando este baile se aplica no ya al amor, sino al dinero?En el próximo post, exploraremos uno de los temas más tabú y que más información revela sobre nuestro sistema familiar. En el próximo post, hablaremos de «Dinero y Familia: El Flujo del Dar y Tomar entre Generaciones».

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