Bert Hellinger en 10 Verdades Incómodas (y Sanadoras)

Bert Hellinger en 10 Verdades Incómodas (y Sanadoras)

Comienzo aquí una nueva serie de post dedicados a la figura de Bert Hellinger y a su pensamiento, no voy a publicarlos de manera sistemática como otras series de La Red Invisible, sino que los haré a medida que me vayan resonando en mi día a día los temas a tratar. Y para muestra un botón, el otro día durante un taller al que asistí el formador dijo algo que me gustó bastante y es que dado el carácter que tuvo Hellinger, le importaba bien poco si a alguien le molestaba lo que decía, lo cual me hizo pensar en las primeras cosas que a mí me chocaron de su pensamiento, este post es el fruto de esta reflexión.

Si me hubieran contado esto hace unos años, cuando mi vida se regía por la lógica y el esfuerzo, probablemente habría arqueado una ceja con escepticismo. Bert Hellinger no es un autor fácil. Sus ideas son como piedras en el zapato: molestan, pinchan y te obligan a detenerte. Chocan de frente con nuestra moral, con nuestro sentido de la justicia y con esa creencia infantil que todos albergamos de que «el amor todo lo puede».

Bert Hellinger en 10 Verdades Incómodas (y Sanadoras)

Pero cuando la vida te pone de rodillas —como me pasó a mí—, cuando tus esquemas lógicos se derrumban, empiezas a buscar respuestas en lugares donde antes no mirabas. Y lo que encontré en la filosofía de Hellinger no fue consuelo fácil, ni frases de azucarillo. Encontré un mapa. Un mapa de leyes invisibles y a veces despiadadas que, lo quisiera yo o no, estaban gobernando mi vida.

Hoy quiero compartir contigo los 10 pilares de su pensamiento que más me impactaron y transformaron mi forma de ver el mundo. No son teoría; son las lentes con las que aprendí a leer la realidad. Y te aviso: algunas son incómodas.

1. El Amor no Basta: El Orden es Primero

Esta fue la primera bofetada a mi romanticismo. Vivimos en una cultura que idolatra el amor como la solución a todo. «Si nos queremos, saldremos adelante». Hellinger viene y dice: No.

El amor es el agua. Es la sustancia vital. Pero el agua, sin un cauce, se desborda y se convierte en un pantano o en una inundación destructiva. Ese cauce es el Orden.

Descubrí que muchas de las tragedias en mi vida y en las de la gente que me rodeaba no eran por falta de amor, sino por un amor desordenado. Un hijo que intenta ser el padre de su padre por amor. Una mujer que ocupa el lugar de la abuela por amor. Ese amor ciego destruye. Comprender que el orden precede al amor fue el primer paso para dejar de luchar contra la corriente. El amor solo puede fluir y nutrir dentro de los límites del orden.

2. Rendirse a la Realidad: La Postura Fenomenológica

Mi mente de informático, y la de casi todos nosotros, está entrenada para analizar, juzgar e interpretar. Vemos un problema y buscamos la causa y la solución. Hellinger propone un movimiento radicalmente opuesto: la Fenomenología.

Es el arte de exponerse a la realidad sin intención y sin miedo. Es «ver lo que es», sin querer cambiarlo, sin querer salvar a nadie, sin juzgarlo como bueno o malo. Es un ayuno de la mente.

Al principio me parecía una postura pasiva, casi fría. Luego entendí su inmenso poder. Cuando renuncias a tus teorías y a tus deseos de «arreglar», y simplemente asientes a la realidad tal y como se presenta, de repente, la solución emerge por sí misma. No la fabricas tú; se te regala. Es la diferencia entre forzar una puerta y esperar a que se abra.

3. La Ley de Hierro: Nadie Puede Ser Excluido

En mi familia, como en todas, había huecos. «Ovejas negras», secretos, gente de la que se hablaba poco o mal, historias que se prefería olvidar. Creemos que al no hablar de ellos, protegemos al sistema.

Hellinger es implacable en esto: todos tienen el mismo e inquebrantable derecho a pertenecer. El «bueno» y el «malo». El abuelo héroe y el tío alcohólico. El bebé que nació y el que no llegó a nacer.

Si tú, por juicio moral o por vergüenza, excluyes a alguien de tu corazón, el sistema te pasará factura. El «Alma Familiar» no tolera vacíos. Y a menudo, lo hará a través de un nieto inocente que, sin saberlo, empezará a comportarse o a sufrir igual que el excluido, obligando al clan a mirarlo de nuevo. La inclusión no es una opción moral; es una ley de supervivencia sistémica.

4. El Éxito y la Madre son lo Mismo

Esta frase se me quedó grabada a fuego: «El éxito tiene la cara de la madre».

Durante años busqué el éxito profesional peleándome con el mundo, esforzándome, demostrando. Y sentía que siempre me faltaba algo, una base. La mirada sistémica me enseñó que nuestra relación con la vida, con el trabajo y con el dinero es un espejo directo de nuestra relación con nuestra madre.

La madre es la fuente. De ella venimos. Si la juzgas, si la rechazas, si te sientes «mejor» o «más grande» que ella, estás cerrando la puerta a la abundancia. No puedes tomar la vida a medias. «Tomar a la madre», con sus luces y sus sombras, tal y como es, es el único camino para tomar el éxito. No hay atajos.

Si las primeras lecciones fueron una bofetada a mi romanticismo, las siguientes fueron un terremoto para mi ética. Entramos en el terreno de la conciencia y la culpa, el lugar donde Hellinger es más radical y, a mi juicio, más liberador.

5. Tu conciencia no es tu brújula moral; es el ancla a tu tribu

Esta es la idea que más me chocó al principio y la que, paradójicamente, más paz me ha dado después.

Yo crecí, como todos, creyendo que mi conciencia era una voz divina o universal que me decía qué estaba «bien» y qué estaba «mal». Hellinger destrozó esa ilusión. Me enseñó que la conciencia personal es un órgano biológico, un mecanismo de supervivencia mucho más arcaico. Su función no es la moralidad; es la pertenencia.

Es el sonar que nos dice si estamos a salvo dentro del grupo o si corremos peligro de ser expulsados.

  • Sentimos «buena conciencia» (inocencia) cuando pensamos y actuamos como nuestra familia espera. Nos sentimos seguros, «buenos niños».
  • Sentimos «mala conciencia» (culpa) cuando nos desviamos de las normas del clan. Sentimos miedo, el frío de la posible exclusión.

Lo revolucionario (y aterrador) es esto: podemos hacer cosas terribles con «buena conciencia» si nuestro grupo las aprueba (pensemos en las guerras o en los fanatismos). Y podemos hacer cosas maravillosas y sanas para nosotros (como tener éxito o ser felices) sintiendo una terrible «mala conciencia» si eso implica superar o diferenciarnos de nuestra familia.

Entender esto me liberó. Comprendí que mi culpa por ser la «oveja negra» no significaba que yo fuera malo; solo significaba que estaba creciendo más allá de las vallas de mi tribu.

6. Desconfía de los «Buenos»: La Inocencia es Peligrosa

Siempre quise ser «el bueno» de la película. La víctima. El que tiene razón. Pero la mirada sistémica me mostró el lado oscuro de la inocencia.

Quien se siente inocente, quien cree tener la razón moral absoluta, se siente justificado para juzgar, rechazar y castigar a los «malos». La «buena conciencia» es la que excluye. Es la energía que alimenta los conflictos eternos, porque impide la compasión. «Yo soy bueno, tú eres malo, por lo tanto tengo derecho a hacerte daño o a apartarte».

Por el contrario, aquel que reconoce su propia culpa, su propia capacidad de hacer daño, se vuelve humilde. Se baja del pedestal. Y solo desde esa «mala conciencia» asumida, desde esa humanidad imperfecta, es posible la reconciliación. La paz no la traen los inocentes; la traen los que son capaces de mirar su propia sombra.

7. La Expiación es «Amor Desperdiciado»

Esta lección fue un golpe directo a mi pensamiento mágico infantil. Cuántas veces habré pensado, sin darme cuenta, que si yo sufría lo suficiente, podría «pagar» por un error pasado o «salvar» a alguien que quiero.

  • «Si me privo del éxito, soy solidario con mi abuelo arruinado.»
  • «Si me quedo triste, acompaño a mi madre en su duelo.»

Hellinger llama a esto expiación. Es la creencia mágica de que mi sufrimiento puede curar el tuyo. Y su veredicto es tajante: es amor desperdiciado. Al universo, a la vida y a tus ancestros no les sirve de nada tu dolor. Tu sufrimiento no quita el suyo; solo lo duplica.

La verdadera compensación no es negativa (sufrir menos), es positiva. Es hacer algo bueno con tu vida en honor a ellos. Es atreverte a ser feliz a pesar de su dolor. Eso requiere mucho más coraje que sufrir, porque implica soportar la culpa de estar bien cuando ellos no lo estuvieron.

Llegamos al final del recorrido. Si las lecciones sobre la conciencia y la culpa sacudieron mis creencias morales, las tres últimas desmontaron mi forma de entender las relaciones más íntimas y mi propio lugar en el universo.

8. En el amor, para sanar una herida a veces hay que devolverla (pero un poquito menos)

Esta lección hizo saltar por los aires mi idea romántica del «perdón incondicional». Siempre pensé que, si mi pareja me hacía daño, lo «espiritual» era poner la otra mejilla y perdonar. Hellinger dice: cuidado.

Cuando uno perdona unilateralmente al que le ha herido, rompe la igualdad. Se coloca en una posición de superioridad moral («yo soy el bueno que te perdona a ti, el pecador») y deja al otro en una deuda impagable. Eso mata la relación.

Para que el amor entre iguales sobreviva, el equilibrio debe restablecerse. Si tu pareja te hiere, tienes derecho, incluso el deber sistémico, de devolver el daño. Pero aquí está el secreto del amor: debes devolverlo un poquito menos.

Si te hirieron con una fuerza de 10, tú devuelves con una fuerza de 9. Con este acto, restableces tu dignidad y equilibras la balanza, pero al hacerlo «un poco menos», detienes la escalada de violencia y abres la puerta a un nuevo intercambio de amor. Es justicia con corazón.

9. Honrar a tus padres, tal como son, es el acto espiritual definitivo (y el más difícil)

Y aquí llegamos al hueso. A la lección que, os confieso, más me cuesta tragar y la que más me ha hecho sudar en mi propio camino. Ya conocéis mi historia: mi guerra con mi padre, mi juicio constante, esa voz interna que siempre me susurró: «Yo lo habría hecho mejor».

Hellinger es implacable aquí: «El que rechaza a sus padres, rechaza la vida».

Honrar a los padres no significa estar de acuerdo con ellos, ni justificar sus errores, ni que te caigan bien. Significa algo mucho más radical: tomarlos. Asentir al hecho biológico y espiritual de que la vida te llegó a través de ellos, al precio exacto que a ellos les costó y al precio que te cuesta a ti.

Mi arrogancia de «yo soy mejor que tú, papá» era mi forma de no tomar la vida. Era un suicidio lento. El movimiento de sanación es un acto físico e interno de inclinar la cabeza y decir: «Tú eres el grande. Yo soy el pequeño. Tú das, yo tomo». Hellinger decía que había visto a enfermos de cáncer preferir morir antes que hacer este gesto de humildad ante un padre. Yo he sentido esa resistencia en mis propias vértebras. Pero también he sentido la fuerza inmensa que entra cuando, por fin, te rindes.

10. La Humildad ante el Destino y el Misterio

Finalmente, la lección que lo envuelve todo. Vivimos creyendo que controlamos nuestro destino, que si nos esforzamos lo suficiente, podemos evitar el dolor, la enfermedad o la muerte.

La mirada sistémica nos invita a una humildad profunda. Nos muestra que estamos inmersos en fuerzas mucho más grandes que nosotros. Que hay destinos trágicos que no podemos «arreglar», solo respetar. Que la vida y la muerte tienen sus propios planes.

La postura del sanador, y la del adulto consciente, es la de detenerse ante el misterio sin querer manipularlo. Es reconocer que somos pequeños. Y paradójicamente, es en esa renuncia a la omnipotencia donde encontramos nuestra verdadera paz. Es dejar de jugar a ser Dios para empezar a ser, simplemente, humanos.

Conclusión: El Mapa y el Territorio

Para mí, la filosofía de Hellinger ha sido como encontrar un mapa antiguo de carreteras en la guantera de un coche que yo conducía a ciegas.

Yo iba por la vida con mucha voluntad y mucho amor (mi coche nuevo), pero no entendía por qué me estrellaba una y otra vez. Este mapa me mostró que, aunque mi motor fuera potente, si conducía en dirección contraria para «salvar» a mi abuelo (expiación), o me saltaba los semáforos de la jerarquía con mi padre, o ignoraba las señales de «ceda el paso» con mi pareja… el desastre estaba garantizado.

La sanación no consiste en cambiar el coche. Consiste en dejar de ser un conductor ciego (amor infantil) para convertirte en un conductor despierto (amor consciente). Alguien que conoce las reglas del camino, respeta el tráfico de los que vinieron antes y, con las manos firmes en el volante, se dirige hacia su propio destino.

Una pregunta para el camino:

De estas 10 verdades incómodas, ¿cuál es la que más resistencia te provoca? Ahí, en esa resistencia, es donde tu alma te está señalando tu próximo paso de crecimiento.

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