Adicciones: El Vacío que Intentan Llenar

Adicciones: El Vacío que Intentan Llenar

Hace ya más de catorce años que dejé de beber. No, no es que fuera alcohólico en el sentido clínico. Me consideraba más bien un «bebedor social», o eso me decía a mí mismo. Una cerveza con el aperitivo, otra con la comida… un hábito, una muleta, quizás.

Hasta que, en plena vorágine de mi primera crisis existencial, cuando mi mundo se desmoronaba y yo intentaba mantener una fachada de normalidad, llegó un martes cualquiera. Poniendo la mesa para el almuerzo, mi hijo pequeño, que entonces tendría unos siete años, me miró con la inocencia brutal que solo los niños poseen y me preguntó: «Papá, ¿tú te vas a tomar tu “litrito” de cerveza de todas las comidas, no?».

Adicciones: El Vacío que Intentan Llenar

Esa frase. Tan simple. Tan directa. Detonó una bomba nuclear en mi alma.

En ese instante vi, con una claridad que me quemaba por dentro, que mi «hábito social» era una cadena. Vi que mi hijo me veía no como un padre, sino como un hombre definido por su «litrito». Vi que esa cerveza no era un placer, era un refugio. Y supe, con una certeza absoluta, que tenía que parar.

Más Allá de la Sustancia: La Anatomía de la Adicción

Mi historia no es única. Quizás tu «litrito» no sea la cerveza. Quizás sea el trabajo compulsivo, la necesidad incesante de estar ocupado. Quizás sea la comida, usada no para nutrir, sino para llenar un hueco o castigar un cuerpo. Quizás sea el juego, las compras, el drama constante en las relaciones, o la adicción, más sutil pero igual de devastadora, a ciertos estados emocionales como la preocupación o la rabia.

La adicción, vista desde una perspectiva más amplia, no es solo la dependencia de una sustancia. Es cualquier comportamiento compulsivo que usamos para evitar sentir un dolor o llenar un vacío profundo, a pesar de las consecuencias negativas que nos acarrea. Es una «solución» que se convierte en una prisión.

El Vacío Original: La Raíz Sistémica

La pregunta clave, la que nos abre la puerta a la mirada sistémica, no es «¿Por qué tienes esta adicción?», sino «¿Qué vacío estás intentando llenar con ella?».

Porque la adicción rara vez es el problema original. Casi siempre es el síntoma, la automedicación desesperada para una herida del alma mucho más antigua. Y esa herida, a menudo, tiene sus raíces en nuestro sistema familiar.

  • El Movimiento Interrumpido: Como exploramos en un post anterior, si nuestro primer movimiento de amor hacia nuestra madre (la vida, el sustento) fue interrumpido, se graba en nosotros una sensación de vacío primordial. La adicción (especialmente a la comida, al alcohol, a las drogas) se convierte en un intento desesperado de llenar ese hueco, de buscar fuera el «alimento» que sentimos que no recibimos en el origen.
  • La Pertenencia Negada: Si sentimos que no tuvimos un lugar claro en nuestra familia, si hubo secretos, exclusiones o falta de reconocimiento, la adicción puede ser una forma de anestesiar el dolor de no pertenecer. O, paradójicamente, puede ser una forma de «pertenecer» a un subgrupo (otros adictos), encontrando allí la comunidad que no se tuvo en casa.
  • La Lealtad a un Excluido: A veces, la adicción es una forma de lealtad invisible. Si hubo un ancestro alcohólico, drogadicto, jugador… que fue juzgado y excluido por la familia, un descendiente puede repetir ese patrón. No por «genética» solamente, sino como un acto de amor ciego que dice: «Yo como tú. Te recuerdo. Te incluyo». La adicción se convierte en el DNI del fantasma familiar.
  • Cargar con un Dolor Ajeno: La adicción también puede ser la manifestación de estar cargando con una emoción insoportable que no es nuestra: la tristeza no llorada de una abuela, la rabia silenciada de un padre. La sustancia o el comportamiento adictivo se usan para «soportar» esa carga ajena.

La Ilusión del Alivio

La trampa de la adicción es que, al principio, parece funcionar. La sustancia, el trabajo compulsivo, la comida… nos dan un alivio temporal. Nos anestesian del dolor, nos llenan momentáneamente el vacío, nos hacen sentir vivos o poderosos por un instante.

Pero es una ilusión. Porque la adicción, por su propia naturaleza, nos desconecta. Nos desconecta de nuestro cuerpo, de nuestras emociones reales, de las personas que amamos y, en última instancia, de la vida misma. El «alivio» que ofrece es un préstamo con intereses altísimos. Cuanto más usamos la adicción para llenar el vacío, más grande se hace el vacío.

Epílogo: Mirar el Vacío para Poder Llenarlo de Verdad

La pregunta de mi hijo fue una detonación, sí. Pero también fue un regalo. Me obligó a mirar el vacío que mi «litrito» estaba intentando llenar. Me obligó a preguntarme qué dolor estaba intentando anestesiar.

Sanar una adicción, desde esta perspectiva, no es solo una cuestión de fuerza de voluntad. No es solo «dejar de consumir». Es un viaje mucho más profundo. Es atreverse a mirar el vacío. Es preguntarse: ¿A quién representa este vacío en mi sistema? ¿Qué herida original estoy intentando calmar?

Solo cuando encontramos la raíz sistémica del dolor, cuando podemos darle un lugar a ese excluido, completar ese movimiento interrumpido, devolver esa carga ajena… solo entonces el vacío empieza a llenarse desde dentro. Y la adicción, ese mensajero doloroso, puede, por fin, empezar a retirarse, porque su mensaje ha sido escuchado.

Hemos explorado el vacío que las adicciones intentan llenar. Pero hay otro tipo de vacío, uno que tiene que ver con nuestra identidad más profunda y que a menudo se manifiesta en nuestras relaciones.En el próximo post comenzaremos una interesante serie: «El Taller del Sanador». Daremos un paso a paso detallado para que entiendas qué ocurre exactamente en una sesión. En el próximo post, hablaremos de «¿Cómo Funciona una Constelación Familiar? Un Viaje Paso a Paso».

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