Me reconozco fan incondicional de Homer Simpson. Pienso que es uno de los más grandes librepensadores de estos tiempos y que, capítulo a capítulo, destila una sabiduría que va mucho más allá del humor grueso y el simple chascarrillo.

De hecho, Homer me dio hace poco una de las mejores lecciones de sistémica que he visto en mi vida. Ocurre en ese capítulo en el que cuenta la historia de Bongo, el perrito de su infancia. Homer empieza a relatarle a su familia lo malo y cruel que fue su padre, el abuelo Abe, y cómo le arrebató a su perro cuando era solo un niño. Como está contando la historia desde el dolor del «niño herido», el relato empieza siendo triste, pero de repente empieza a deformarse. Se vuelve surrealista, exagerado. Pinta a su padre como a un villano de cómic, cruel y despiadado.
De pronto, el propio Homer adulto, mientras lo está contando, se detiene. Su mente lógica (¿?) hace un cortocircuito. Se da cuenta de que es imposible que eso pasara así. Es evidente que está adornando la historia para que su padre parezca un monstruo.
Pero aquí viene la genialidad del guión: Homer se resiste a corregir la historia. A sabiendas de que es falsa, se aferra a la versión donde su padre es el malo de la película. ¿Por qué hace esto? Porque si acepta la verdad (que su padre no fue un tirano, sino un hombre superado por las circunstancias que sacrificó su propia dignidad trabajando para el Sr. Burns solo para salvarle la vida al perro)… se le desmonta la vida entera.
La coartada perfecta
Lo que le pasa a Homer es exactamente lo que te pasa a ti cuando te aferras a tus traumas. Si el abuelo Abe no es el «padre malo», Homer pierde automáticamente su estatus de «hijo víctima». Pierde la justificación para tratar mal a su padre en el presente y dejarlo tirado en el asilo. Y lo más aterrador de todo: si su padre es solo un hombre normal que hizo lo que pudo, Homer tiene que asumir la responsabilidad de mirarlo con respeto, dejar de quejarse y empezar a comportarse como un adulto.
A esto lo llamamos el placer oculto de ser la víctima. Nos pasamos la vida diciendo que queremos sanar, que queremos superar el pasado, pero la realidad es que somos adictos a nuestro propio dolor. Deformamos nuestros recuerdos, exageramos los defectos de nuestros padres, de nuestros ex, o de la vida misma, para asegurarnos de que ellos sigan siendo los verdugos y nosotros los inocentes.
Porque tener razón da muchísimo poder. Mientras tú seas el niño al que le robaron su «Bongo», tienes la coartada perfecta para que tu vida actual sea un desastre. Tienes una excusa para no comprometerte, para no ganar dinero, para ser un inmaduro. «¿Cómo voy a tener éxito con lo mal que me trataron?».
El precio de tener razón
Aferrarte a tu historia de víctima es un escudo fantástico contra la vida, pero el precio que pagas es altísimo: te quedas congelado en el pasado.
El cambio real y profundo no ocurre cuando descubres de dónde viene tu trauma, ni cuando consigues que los demás admitan lo mal que se portaron contigo. La verdadera sanación ocurre cuando haces algo heroico: renunciar a tu inocencia moral.
Sanar es darte cuenta de que estás exagerando el guión para no tener que crecer.
Es mirar atrás y aceptar que quizás tu padre no era un monstruo, sino alguien que no supo hacerlo mejor. Es mirar a tu ex y aceptar que quizás no te arruinó la vida, sino que simplemente la relación se rompió.
Sanar es soltar tu exigencia de justicia. Es decir: «Abandono la necesidad de tener razón. Elijo que me vaya bien en la vida, y mi felicidad ya no es un arma para castigar a los que me hicieron daño».
Y tú, si eres brutalmente honesto contigo mismo… ¿Cuál es tu historia de «Bongo»? ¿Qué recuerdos estás exagerando para no tener que dar el siguiente paso?
¿Qué prefieres: seguir teniendo razón, o empezar a ser libre?
