Hay heridas que parecen sellar el destino de una familia para siempre. Heridas tan profundas, tan cargadas de dolor, injusticia y vergüenza, que el simple hecho de nombrarlas parece imposible. Hablamos del abuso, de la violencia, de aquellos actos donde un miembro del sistema causa un daño irreparable a otro.
En el post anterior, tocamos la herida del abuso y el difícil movimiento de «dar el sitio» al perpetrador. Hoy, vamos a sumergirnos de lleno en esa dinámica, quizás la más compleja y delicada de todas: la relación entre víctimas y perpetradores dentro de un sistema familiar.

Y antes de dar un solo paso más, quiero ser absolutamente claro. Cuando hablamos de «reconciliación» en este contexto, no estamos hablando de perdón, ni de olvido, ni de justificación. El daño causado es real, el dolor es legítimo, y la responsabilidad es ineludible. La reconciliación, desde la mirada sistémica, no es un bálsamo emocional; es un acto de orden. Es el arduo camino para que el sistema encuentre una paz posible, una paz que permita a los vivos seguir viviendo, a pesar de la herida.
LA HERIDA QUE CLAMA AL CIELO: EL LUGAR SAGRADO DE LA VÍCTIMA
En cualquier trabajo sistémico que toque una dinámica de abuso o violencia, hay una regla de oro, un principio inquebrantable: la prioridad absoluta es la víctima.
Antes de mirar al perpetrador, antes de intentar comprender cualquier dinámica oculta, todo el foco, todo el respeto, toda la atención debe dirigirse a la persona que sufrió el daño. Su dolor es sagrado. Su herida es el epicentro del desorden.
Honrar el Dolor: El primer paso, y a menudo el más sanador, es simplemente ver y reconocer el sufrimiento de la víctima en toda su magnitud. En una constelación, esto se manifiesta cuando los representantes (y el propio cliente) pueden, por fin, permitirse sentir y expresar el dolor, la rabia, el miedo, la impotencia que quizás nunca pudieron ser mostrados. No se trata de revivir el trauma, sino de darle un espacio seguro para que la energía congelada de esas emociones pueda empezar a moverse. Frases como «Veo tu dolor», «Lo siento mucho» o «Fue demasiado» son bálsamos que empiezan a cicatrizar la herida.
Restaurar la Dignidad: El abuso no solo causa dolor físico o emocional; ataca directamente la dignidad de la persona. La víctima a menudo se siente culpable, avergonzada, «sucia» o rota. El trabajo sistémico busca restaurar esa dignidad perdida. Esto implica separar claramente los roles: «Yo soy la víctima (inocente), tú eres el perpetrador (responsable)». Este acto de nombrar la verdad tiene una fuerza inmensa. Libera a la víctima de la carga de la culpa y le devuelve su lugar de inocencia.
Separar los Destinos: Un peligro terrible de la dinámica víctima-perpetrador es que sus destinos queden entrelazados. La víctima puede quedar atrapada en el pasado, incapaz de seguir adelante, viviendo en función del daño sufrido. O, en casos más complejos, puede desarrollar una lealtad perversa hacia su agresor. El movimiento sanador clave aquí es la separación. La víctima necesita poder decir, a nivel del alma: «Tú eres tú, y yo soy yo. Asumo mi destino como víctima, y dejo el tuyo como perpetrador contigo. Ahora elijo mirar hacia mi propia vida.»
Solo cuando la víctima ha sido vista, su dolor honrado, su dignidad restaurada y su destino separado del agresor, sólo entonces, y si el campo lo permite, podemos empezar a mirar hacia el otro lado de la ecuación.
EL VÍNCULO OSCURO: LA DINÁMICA INVISIBLE
Puede sonar chocante, pero desde la perspectiva sistémica, la víctima y el perpetrador quedan unidos por un vínculo invisible a través del acto de violencia. No es un vínculo de amor, es un vínculo de destino. El acto crea una «deuda» energética en el sistema, un desequilibrio que clama por ser resuelto.
La Necesidad de Equilibrio del Sistema: La Conciencia Familiar, esa fuerza arcaica que busca el orden, no tolera este desequilibrio. Si el perpetrador no asume su responsabilidad o es excluido del sistema (por juicio moral, por vergüenza), la «deuda» queda flotando. Y como hemos visto, el sistema buscará compensarla a través de un descendiente posterior.
Este es el origen de muchos enredos inexplicables:
- Un nieto que se identifica inconscientemente con un abuelo perpetrador y repite actos violentos.
- Una nieta que se identifica con una abuela víctima y vive en un estado de miedo o sumisión constante.
- Enfermedades o fracasos recurrentes en una familia que, sin saberlo, están «pagando» por una injusticia cometida generaciones atrás.
¿Por Qué Mirar al Perpetrador? (La Pregunta Incómoda): Aquí llegamos al punto más difícil. Si la prioridad es la víctima, ¿por qué siquiera «mirar» al perpetrador? ¿No es una falta de respeto a su dolor?
La respuesta, desde la lógica del sistema, es brutalmente pragmática: porque mientras el perpetrador sea excluido, el sistema no estará en paz. Su exclusión crea un «agujero negro» que seguirá absorbiendo la energía de las generaciones futuras.
Mirar al perpetrador no es para excusarlo. Es para completar el sistema. Es reconocer que él también pertenece, aunque su lugar sea el del responsable de un acto terrible. Es un movimiento al servicio de los descendientes, para liberarlos de tener que llevar esa carga.
EL MOVIMIENTO IMPOSIBLE: «DAR EL SITIO» AL PERPETRADOR
Y entonces, llega el momento que hiela la sangre. El momento en que el facilitador, si el campo lo permite y la víctima tiene la fuerza suficiente, propone el movimiento más difícil: darle su sitio al perpetrador.
Mi reacción visceral la primera vez que lo vi fue de rechazo absoluto. «¿Darle un sitio? ¿A él? ¿Después del daño que hizo?». Es una reacción natural, humana. Nuestra conciencia personal, nuestra moral, nuestro sentido de la justicia gritan ¡NO!
Y es aquí donde debemos respirar hondo y recordar qué estamos haciendo. No estamos en un tribunal de justicia terrenal. Estamos observando la lógica del alma familiar. Y para el alma familiar, «dar el sitio» no tiene nada que ver con la moral. Es un acto de orden.
¿Qué Significa Realmente «Dar el Sitio»?
Es crucial desmontar los malentendidos, porque aquí reside la clave de la sanación o la posibilidad de una nueva herida si se hace mal.
- NO significa perdonar: El perdón es un proceso personal, íntimo, que puede llegar o no, y que nunca puede ser forzado ni exigido por un facilitador.
- NO significa justificar o excusar: El abuso es injustificable. Punto. No hay «razones» sistémicas que lo validen.
- NO significa reconciliarse ni reanudar el contacto: A menudo, el movimiento sanador para la víctima implica precisamente poner límites firmes y definitivos, incluso el contacto cero.
- NO significa negar el daño ni minimizar el dolor: La herida de la víctima sigue siendo el centro.
- NO significa ponerse «de su lado»: El facilitador y el sistema entero permanecen del lado de la víctima, sosteniendo su dolor.
«Dar el sitio» significa, simplemente, reconocer la realidad sistémica. Significa que la víctima, desde su lugar de adulta (no la niña herida) y con la fuerza recuperada, puede mirar al representante del perpetrador y decir, a nivel del alma:
- «Tú también perteneces a este sistema.» (Reconocimiento de la Pertenencia).
- «Yo soy la víctima, tú eres el perpetrador.» (Nombramiento claro de los Roles y la Responsabilidad).
- «Asumo mi destino como víctima.» (Aceptación de la propia historia, sin resignación).
- «Y dejo tu destino como perpetrador contigo.» (Devolución de la carga y la responsabilidad).
Es un acto de separación, no de unión. Es trazar una línea clara en la arena del alma.
¿POR QUÉ ESTE MOVIMIENTO SANA? LA LIBERACIÓN DE LA VÍCTIMA
Parece una locura. ¿Cómo puede sanar reconocer al que te hizo daño? La respuesta reside en una profunda ley energética del alma: mientras la víctima siga negando o excluyendo internamente al perpetrador, sigue energéticamente vinculada a él. Mantener esa exclusión, esa negación, requiere una cantidad inmensa de fuerza vital, como intentar mantener una pelota sumergida bajo el agua. Toda esa energía está atrapada en la lucha contra el pasado.
Al «darle su sitio», al reconocer la realidad («Tú también perteneces. Tú eres el perpetrador, yo la víctima»), la víctima deja de hacer fuerza. La verdad sale a la superficie. Y toda la energía que antes estaba consumida en esa lucha se libera y vuelve a ella.
Esta energía recuperada es el combustible que permite los movimientos sanadores:
- Rompe el Secreto: Tiene la fuerza para nombrar lo innombrable.
- Se Desidentifica: Recupera la energía para dejar de ser «la víctima de X» y volver a ser simplemente «yo».
- Le Devuelve la Responsabilidad: Tiene la fuerza para devolverle al otro la carga completa de sus actos. El perpetrador queda solo frente a su propio destino.
- Recupera su Dignidad y su Vida: Tiene la energía disponible para girarse hacia su presente y su futuro, ya no definida por el agresor.
Es un acto de poder inmenso. Es decir: «Esto pasó. Fue terrible. Reconozco tu lugar como el que hizo daño. Y ahora, precisamente porque lo veo y dejo de luchar contra ello, recupero mi fuerza y elijo seguir adelante con mi vida, libre de ti». Es la víctima quien, al mirar al perpetrador sin miedo y sin odio (lo cual no significa sin rabia), le quita su poder y recupera el suyo.
LA PAZ POSIBLE: MÁS ALLÁ DE LA JUSTICIA
La reconciliación sistémica no busca la justicia como la entendemos. No busca el castigo. Busca algo mucho más profundo y difícil: la paz.
Una paz que no niega el pasado, pero que permite que los vivos puedan seguir viviendo. Una paz que nace de reconocer que todos, víctimas y perpetradores, estamos atrapados en destinos que a menudo son mucho más grandes que nosotros. Una paz que permite que el amor, a pesar de todo, pueda volver a fluir hacia las generaciones futuras, libre de la carga del pasado.
Cuesta. Claro que cuesta. Asentir a una realidad tan dolorosa, mirar de frente al perpetrador sin juicio moral (aunque sí con claridad sobre su responsabilidad), es uno de los movimientos del alma más exigentes que existen.
Pero es en ese asentimiento, en esa mirada que no excluye nada, donde reside la posibilidad de una paz verdadera. Una paz que no olvida, pero que libera. Una paz que nos permite, por fin, dejar de ser prisioneros del pasado y reclamar nuestro derecho a un futuro diferente.
Hemos mirado de frente una de las heridas más oscuras del sistema. Pero a veces, la herida no se manifiesta como un acto de violencia explícita, sino como un síntoma silencioso que habita en nuestro propio cuerpo.En el próximo post, exploraremos cómo nuestro cuerpo puede ser el portavoz de un desorden familiar. En el próximo post, hablaremos de «La Enfermedad como Mensaje del Sistema».