El Abuso en el Sistema: Mirando el Dolor sin Juicio

Hay momentos en este trabajo que te rompen por dentro. Que te obligan a cuestionar todo lo que creías saber sobre el amor, la lealtad y la propia naturaleza humana.

Para mí, uno de esos momentos fue en una constelación a la que asistí como observador. Una chica joven vino a trabajar una sensación de bloqueo vital profundo. Lo que emergió en el campo fue una violación ocurrida en su infancia por parte de un familiar. Ver la representación de esa fractura, de cómo su alma se había fragmentado para sobrevivir a lo insoportable, fue de un impacto terrible. Sentí físicamente el desgarro. Pero lo que me dejó sin aliento fue la constatación, que se hizo palpable en el campo, de que había una parte de su alma que quizás ya nunca recuperaría.

Me afectó enormemente. Tardé días en procesar esa imagen, esa herida irreparable. Y tardé aún más en poder asentir a la segunda parte de la constelación: el movimiento en el que el facilitador, con un respeto infinito y una firmeza serena, ayudó a la chica a «darle su sitio» al perpetrador.

Mi primera reacción fue de rechazo visceral. «¿Darle un sitio? ¿A él?». Pero entonces, comprendí. Comprendí que ese movimiento, tan difícil, tan contrario a nuestra necesidad de justicia, era quizás el único camino hacia una paz posible.

La Herida que Rompe el Orden

El abuso dentro de un sistema familiar es la transgresión más grave de los Órdenes del Amor. Es un terremoto que arrasa con todo:

  • Rompe la Pertenencia: Crea un secreto terrible, una vergüenza que a menudo aísla tanto a la víctima como al perpetrador, aunque de formas distintas.
  • Rompe la Jerarquía: Cuando el abuso viene de un «grande» (un padre, un abuelo) hacia un «pequeño» (un niño), es la inversión más brutal del flujo natural de protección y cuidado.
  • Rompe el Equilibrio: Es un acto de tomar (la inocencia, la dignidad) sin dar nada a cambio, creando una deuda impagable.

El sistema entero queda herido, congelado en el silencio y la negación. Y esa herida, como un veneno, se filtra a través de las generaciones.

La Fragmentación como Supervivencia

Lo que vi en aquella constelación, la fragmentación del alma de la chica, es una de las consecuencias más profundas del trauma severo. Cuando el dolor es insoportable, una parte de nuestra psique se «escinde», se separa, para poder sobrevivir. Es como si una parte se quedara congelada en el momento del horror, mientras otra intenta seguir adelante.

Esta fragmentación nos salva la vida en el momento, pero nos deja incompletos. Vivimos desconectados de partes esenciales de nosotros mismos: nuestra confianza, nuestra alegría, nuestra capacidad de intimar. Y sí, a veces, como sentí en aquella sala, hay partes que quedan tan dañadas que quizás nunca vuelvan del todo. Asentir a esto es uno de los duelos más profundos.

El Movimiento Imposible: «Dar el Sitio»

Y entonces, llega el movimiento que a mi mente le costó días aceptar: darle su sitio al perpetrador. ¿Qué significa esto? Es crucial entenderlo bien, porque es la clave de la sanación sistémica y, a la vez, la más fácil de malinterpretar.

  • NO significa perdonar. El perdón es un proceso personal, íntimo, que puede llegar o no, y que nadie tiene derecho a exigir.
  • NO significa justificar o entender. El abuso es injustificable. Punto.
  • NO significa reconciliarse ni volver a tener contacto. A menudo, el movimiento sanador implica precisamente poner límites claros y definitivos.
  • NO significa negar el daño. El dolor de la víctima es sagrado y debe ser reconocido en toda su magnitud.

«Dar el sitio» significa, simplemente, reconocer la realidad. Significa que el adulto de hoy, mirando al sistema completo, puede decir: «Tú también perteneces. Y yo soy la víctima, y tú eres el perpetrador. Y asumo mi destino, y dejo el tuyo contigo.»

¿Por Qué Este Movimiento Sana?

Parece una locura. ¿Cómo puede sanar reconocer al que te hizo daño? Porque mientras la víctima siga negando o excluyendo internamente al perpetrador, sigue energéticamente vinculada a él. Sigue en la lucha, sigue enredada en la dinámica del abuso.

Al «darle su sitio», la víctima hace un movimiento de una fuerza inmensa:

  1. Rompe el Secreto: Nombra lo innombrable. Saca la herida a la luz del sistema.
  2. Se Desidentifica: Deja de ser «la víctima de X» para volver a ser simplemente «yo». Recupera su identidad.
  3. Le Devuelve la Responsabilidad: Al decir «tú eres el perpetrador y yo la víctima», le devuelve al otro la carga completa de sus actos. Ya no la lleva ella.
  4. Recupera su Dignidad: Se coloca en su lugar de víctima inocente, pero ya no desde la debilidad, sino desde la fuerza de quien mira la verdad de frente.

Es un acto de poder. Es decir: «Esto pasó. Fue terrible. Y ahora, yo elijo seguir adelante con mi vida».

Epílogo: La Paz de lo Real

Cuesta. Claro que cuesta. Asentir a una realidad tan dolorosa, mirar de frente al perpetrador sin juicio (lo cual no significa sin rabia, la rabia es necesaria y sanadora), es uno de los movimientos del alma más exigentes que existen.

Pero es en ese asentimiento, en esa mirada que no excluye nada, donde reside la posibilidad de una paz verdadera. Una paz que no olvida, pero que libera. Una paz que nos permite, por fin, dejar de ser prisioneros del pasado y reclamar nuestro derecho a un futuro diferente.

Hemos mirado la herida del abuso. Hemos visto la complejidad de la víctima y el difícil lugar del perpetrador.En el próximo post, exploraremos más a fondo esta dinámica fundamental. En el próximo post, hablaremos de «Víctimas y Perpetradores: La Búsqueda de la Reconciliación».

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