«Yo Como Tú»: La Lealtad que nos Lleva a Repetir Destinos Difíciles

El momento en que lo vi fue de una claridad brutal. En medio de una constelación, pude ver cómo mi lealtad invisible a mi abuelo arruinado era la fuerza que había estado saboteando mi vida económica. Y la sensación que me inundó no fue de simple alegría. Fue profundamente contradictoria.

Por un lado, sentí un alivio inmenso, una bocanada de aire fresco en el alma. La confirmación de que el problema no tenía su origen en mí, de que yo no estaba fundamentalmente roto o era un «fracasado». Era una lealtad, un movimiento de amor.

Pero inmediatamente después, me invadió una tristeza profundísima, casi como un duelo. Lo viví como una pérdida. Porque en ese instante comprendí que, si quería sanar, tenía que despedirme de una forma de ser que me era conocida y, en su dolor, extrañamente cómoda. Se acabaron las excusas. La historia de «pobre de mí, la oveja negra a la que todo le sale mal» se desvanecía, y me dejaba desnudo ante mi propia vida y mi propia responsabilidad.

La Fórmula del Amor Ciego

Esa lealtad que se manifestó con tanta virulencia en mi constelación es la expresión del movimiento de amor ciego más común y poderoso que existe. Es la fórmula secreta que un niño susurra en su alma para asegurar su pertenencia: «Yo como tú».

Cuando un niño percibe que un miembro anterior del clan tuvo un destino difícil —una enfermedad, un fracaso, una tristeza profunda, una muerte temprana—, su amor mágico y su necesidad primordial de pertenecer le llevan a decir a nivel del alma: «Querido papá, querida abuela, te quiero tanto que, para estar cerca de ti, yo seré como tú. Yo repetiré tu destino».

Es un intento desesperado de crear un vínculo con alguien a quien quizás ni siquiera conoció, o de compartir la carga de un ser amado. El niño cree, en su inocencia, que al imitar el sufrimiento del otro, este se sentirá menos solo.

La Repetición como Declaración de Amor

Este juramento infantil sigue operando en la vida adulta, a menudo con consecuencias devastadoras. Es la fuerza que está detrás de los patrones de repetición más inexplicables:

  • La mujer cuya madre fue infeliz en el amor y que, a pesar de anhelar una pareja, sabotea inconscientemente todas sus relaciones. Su alma dice: «Querida mamá, por lealtad a ti, yo como tú, tampoco me permito ser feliz».
  • El hombre cuyo padre murió joven de una enfermedad y que, al llegar a esa misma edad, empieza a desarrollar síntomas similares. Su alma dice: «Querido papá, por amor a ti, yo como tú, no me permito vivir más tiempo».
  • El nieto de un abuelo que lo perdió todo y que, a pesar de su inteligencia y su esfuerzo, nunca logra prosperar económicamente. Su alma, como la mía, dice: «Querido abuelo, para que no seas olvidado, yo como tú, tampoco tengo éxito».

El fracaso, la enfermedad o la soledad no son un castigo. Son una declaración de amor.

La Comodidad de la Desdicha

Y aquí reside la parte más incómoda y difícil de admitir. Como sentí en mi propia revelación, permanecer en el «Yo como tú» tiene un beneficio secundario. Nos da una identidad. Nos da una historia. Y, sobre todo, nos da una excusa.

Mientras estamos atrapados repitiendo un destino, no tenemos que asumir el 100% de la responsabilidad de nuestra propia vida. La «mala suerte», el «destino familiar», se convierte en la coartada perfecta para no tomar nuestra fuerza adulta y enfrentarnos al vértigo de crear nuestro propio camino. Es una prisión, sí, pero es una prisión conocida y cómoda.

Por eso, el momento de la liberación es también un momento de duelo. Lloramos por el sufrimiento que hemos cargado, pero también lloramos por la pérdida de la inocencia y de la excusa que nos mantenía a salvo.

Epílogo: Del Sacrificio al Respeto

La sanación de un «Yo como tú» no consiste en rechazar al ancestro. Consiste en transformar el amor ciego en amor que ve.

Es poder mirar a ese ancestro, inclinarse ante su difícil destino y decir desde el alma adulta: «Querido abuelo, honro profundamente tu destino. Fue como fue para ti. Pero yo soy yo, y tú eres tú. Y ahora, con tu permiso, y en tu honor, elijo tener un destino diferente y más afortunado. Lo haré también por ti.»

Este movimiento transforma la lealtad. Ya no es una repetición que nos ata, sino un respeto que nos libera.

El «Yo como tú» es un movimiento de imitación. Pero existe otro movimiento del alma, aún más profundo y a menudo más trágico, donde el niño no busca imitar, sino sustituir.

En el próximo post, exploraremos este sacrificio supremo del amor infantil. En el próximo post, hablaremos de «‘Yo por Ti’: El Sacrificio Inconsciente por un Ser Querido».

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *