Y entonces, la cabeza se me partió en dos dando paso a dos personalidades antagónicas. Por un lado, estaba el hombre que todos conocían: el tipo tranquilo, callado, familiar, predecible. El que salía a pasear con mi familia, con los amigos de siempre, en el trabajo.
Por otro lado, y cada vez con más frecuencia, aparecía un canalla. Este operaba en un escenario distinto, un mundo paralelo construido sobre las mentiras y las apariencias de las redes sociales. Allí cultivaba nuevas amistades que no conocían al otro hombre, y se convertía en un liante, un embaucador carismático capaz de movilizar a esa gente para hacer lo que él quisiera, en un viaje tan seductor como autodestructivo.

Lo más extraño y aterrador era la disociación. Una personalidad no sabía de la otra. Cada una aparecía en el momento justo, segmentando a la perfección mis pensamientos, mis emociones y mis actos. En mi delirio, creía tener lo mejor de los dos mundos. ¿Qué podía fallar?
Todo. Podía fallar todo. Y no paré hasta que lo conseguí.
Destruí sistemáticamente las estructuras de mi familia. Decepcioné a todo el que me quería. Y el infierno se abrió a mis pies. Porque esta vez no había excusas. No había una crisis externa a la que culpar. Me lo había buscado yo solito.
El Lenguaje de la Caída
La palabra «recaída» está cargada de juicio. Suena a fracaso, a volver al punto de partida. Por eso es crucial entender su anatomía. No es un interruptor que se apaga de repente; es un proceso lento, una pendiente resbaladiza por la que nos deslizamos mucho antes de la caída final.
Primero, es importante distinguir un lapso (un desliz puntual, un error del que te recuperas rápido) de una recaída (una regresión completa a los viejos patrones de sufrimiento). Etiquetar un pequeño desliz como un fracaso total es, a menudo, la profecía que convierte un tropiezo en un derrumbe.
La recaída real se gesta en tres etapas invisibles. Comienza con una recaída emocional: sin pensar conscientemente en ello, abandonas el autocuidado. Duermes mal, comes peor, te aíslas, sientes una irritabilidad constante. Luego viene la recaída mental: aquí empieza la guerra interna. Fantaseas con los viejos «remedios», minimizas el daño que te causaron y empiezas a planificar, inconscientemente, tu propia destrucción. Finalmente, llega la recaída física: el acto. La vuelta al comportamiento que te hundió. Es la manifestación externa de una batalla que ya has perdido por dentro.
La Anatomía de la Vulnerabilidad
Una recaída nunca es por una sola causa. Es la tormenta perfecta donde una vulnerabilidad interna choca con un detonante externo. Los detonantes internos son a menudo estados emocionales no gestionados: la ira, la soledad, la ansiedad, la fatiga (el famoso acrónimo en inglés HALT: Hungry, Angry, Lonely, Tired). Paradójicamente, las emociones positivas también son un riesgo. La euforia de sentirte «curado» puede llevar a un exceso de confianza que te hace bajar la guardia.
Los detonantes externos son las presiones del mundo: un conflicto de pareja, problemas en el trabajo, el estrés de un evento importante. Y sobrevolándolo todo, está la tiranía de las expectativas: la creencia de que la recuperación debe ser una línea recta y perfecta. Esta presión por la perfección hace que cualquier pequeño bache se interprete como un fracaso catastrófico, generando la vergüenza que alimenta la espiral descendente.
La Vergüenza, la Culpa y el Fracaso
La resaca emocional de una recaída es una tríada tóxica: vergüenza, culpa y fracaso. Es vital distinguir las dos primeras. La culpa es la sensación de «he hecho algo mal», y puede ser un motor para reparar el daño. La vergüenza, mucho más corrosiva, es la convicción de «soy algo malo», «estoy fundamentalmente roto». La vergüenza no te impulsa a reparar, te impulsa a esconderte, profundizando el aislamiento y preparando el terreno para la siguiente caída.
Este sentimiento de fracaso total invalida todo el progreso anterior. «He vuelto al punto de partida», te dices. Pero esto no es cierto. La filosofía nos ofrece una perspectiva más sabia. El estoicismo nos enseña que la recaída es un hecho del pasado; lo único que controlamos es nuestra respuesta en el presente. El fracaso no es un veredicto sobre nuestro carácter, es un dato. Un dato brutalmente doloroso, sí, pero un dato que nos muestra exactamente dónde estaban las grietas en nuestro plan de recuperación.
El modelo en espiral del cambio lo ilustra perfectamente: no volvemos al mismo punto, sino a un lugar similar pero con la experiencia y el aprendizaje del ciclo anterior. No es un círculo, es una espiral. Después de una recaída, eres más sabio. Conoces mejor al enemigo.
La Pista Oculta: ¿Quién de los Dos Quería Volver a Caer?
Esa escisión que viví, la del hombre familiar y predecible contra el canalla autodestructivo, no era solo una batalla psicológica. Desde una mirada más profunda, podría ser un conflicto de lealtades sistémicas.
El «hombre bueno» es aquel que es leal a las reglas visibles del clan, a las expectativas, a lo que se considera correcto. Pero, ¿a quién era leal el «canalla»? A menudo, estas partes oscuras y destructivas son la manifestación de una lealtad ciega hacia un ancestro excluido del sistema. Un abuelo que fue repudiado, un tío del que no se habla, alguien que representó la sombra de la familia. Al repetir su destino de forma inconsciente («Yo como tú»), el «canalla» intenta, a un coste terrible, traer a la luz a esa persona para que sea vista y reintegrada.
La pregunta que susurra nuestra Red Invisible es: ‘Ese ‘canalla’ que emergió para destruirlo todo, ¿era realmente una parte tuya, o era la sombra de un excluido de tu Red Invisible llamando a la puerta? Esta recaída, este acto de auto-sabotaje, ¿fue un fracaso personal, o un acto de amor ciego hacia alguien del sistema que necesitaba ser visto a cualquier precio?’.
Epílogo: La Gratitud por el Desierto
Cuando el infierno se abrió a mis pies y me vi solo en medio de las ruinas que yo mismo había creado, sin excusas a las que aferrarme, habría sido imposible imaginar que algún día escribiría estas palabras. Y sin embargo, hoy, desde un lugar de cicatrices integradas, puedo decirlas:
Le estoy agradecido a la recaída.
No le estoy agradecido al dolor que causé, ese es un peso que me acompañará siempre. Le estoy agradecido a su brutal honestidad. La recaída fue el fondo de pozo tan absoluto que destruyó todas mis vías de escape, todas mis justificaciones, todas las personalidades que había inventado para sobrevivir. Me despojó de todo, dejándome solo con una única verdad: la necesidad innegociable de sanar de verdad, desde la raíz.
Sabía que el camino iba a ser largo, de hecho, lo sigue siendo. Pero por primera vez, estaba dispuesto a atravesar todos los desiertos que mi sanación me pusiera por delante, sin buscar atajos ni oasis falsos.
Con este post, hemos terminado de cartografiar el desierto. Hemos puesto nombre a las sombras, a los espejismos y a los abismos. Un mapa no solo sirve para entender el terreno baldío; sirve, sobre todo, para empezar a trazar una ruta de salida. Es hora de dejar de describir la sed y empezar a buscar el agua.
En la siguiente fase de nuestro viaje, abriremos la caja de herramientas. Empezaremos a hablar de la brújula. En el próximo post, daremos el salto del pensamiento lineal al sistémico y empezaremos a responder a la pregunta: ¿qué es, en realidad, una Constelación Familiar?