«Todo fue Mentira»: Cómo la Crisis Alimenta a tu Impostor Interior

Hace más de 10 años que tengo una consulta de Osteopatía. He ayudado a cientos de personas, he construido una profesión desde cero y, si miro atrás, puedo ver un camino de trabajo, estudio y dedicación. Y sin embargo, a día de hoy, todavía me resulta difícil asumir que soy bueno en mi trabajo.

Esa voz, ese susurro persistente que invalida la evidencia y te acusa de ser un fraude, es la voz del Impostor Interior. Y cuando estás en medio de una crisis, esa voz no susurra: grita.

Pensando en este tema, recordé la fase final de mi bloqueo personal. Tuve la certeza absoluta de que no iba a dedicarme más a lo que hasta entonces había sido mi profesión. Supe desde el primer momento que quería dedicarme a ayudar a los demás, pero me llevó tiempo encontrar el camino de las terapias manuales. Ese período de transición, lleno de incertidumbre, fue el terreno de juego perfecto para mi impostor. Cada paso que daba hacia mi nueva vocación venía acompañado de una duda paralizante: «¿Y quién te crees que eres tú para hacer esto?».

Si conoces esa sensación, si alguna vez has mirado tus logros como si fueran de otra persona, este post es para ti.

El Fantasma en la Máquina: ¿Qué es el Fenómeno del Impostor?

El «Fenómeno del Impostor» (FI) es una incapacidad persistente para internalizar los propios logros y un miedo constante a ser expuesto como un «fraude», a pesar de la evidencia objetiva de tu competencia.

No es baja autoestima. La baja autoestima es una autopercepción negativa general («no soy bueno en nada»). El Fenómeno del Impostor es mucho más retorcido: afecta a personas que sí tienen éxito, pero que son incapaces de atribuirlo a su propia habilidad. Es una guerra entre tu realidad externa (logros demostrados) y tu verdad interna (fraude percibido).

Este fenómeno opera a través de un mecanismo perverso conocido como el «Ciclo del Impostor»:

  1. El Desafío: Te enfrentas a una nueva tarea y sientes una ansiedad inmediata.
  2. La Reacción: O procrastinas hasta el último minuto o te sobrepreparas de forma obsesiva.
  3. El Éxito: Consigues completar la tarea con éxito.
  4. La Invalidación: En lugar de sentirte orgulloso, atribuyes el éxito a factores externos. Si procrastinaste, piensas: «Tuve suerte». Si te sobrepreparaste, piensas: «Lo logré solo porque trabajé el triple que los demás, no por talento».
    El resultado es que, con cada éxito, en lugar de ganar confianza, acumulas más «pruebas» de tu supuesto fraude, reforzando la creencia de que la próxima vez, seguro, te descubrirán.

La Crisis como Gasolina para el Impostor

Todos, para dar sentido a nuestras vidas, construimos una «identidad narrativa», una historia coherente sobre quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos. Esta historia personal nos da unidad y propósito. Una crisis personal —un despido, una quiebra, una separación— es, en esencia, una «crisis narrativa»: la trama principal de nuestra vida se rompe, el guion se pierde y el protagonista (nosotros) ya no sabe cómo continuar la historia.

Y es en ese vacío de significado, en ese caos narrativo, donde la voz del Impostor, que antes quizás era solo un susurro, se convierte en el nuevo narrador autoritario. Se apodera de la historia y la reescribe por completo con una lógica brutal:

Primero, reescribe tu pasado. Ataca retroactivamente cada uno de tus logros y los despoja de su valor. La narrativa del Impostor argumenta que tu historia de competencia siempre fue una mentira. Cada éxito se reformula como un golpe de suerte, un engaño o un error de los demás al evaluarte. La voz te dice: «No es que ahora estés mal. Es que siempre fuiste un fraude. Todos esos éxitos pasados fueron una mentira, una casualidad. ‘Todo fue mentira’ desde el principio».

Segundo, envenena tu futuro. Si todo tu pasado fue una farsa, ¿qué te hace pensar que el futuro será diferente? La narrativa del impostor proyecta este fraude hacia adelante, creando un miedo paralizante. Te convence de que no tienes un propósito real porque tus habilidades no son reales, socavando cualquier intento de construir una nueva historia. La crisis te hace la pregunta «¿Quién soy?», y el Impostor te da la respuesta más cruel y definitiva: «Eres un fraude».

Lo más perverso de esta dinámica es que, en medio del terror de no tener ninguna historia, la narrativa del Impostor, por dolorosa que sea, ofrece una certeza. La mente humana aborrece el vacío, y el dolor de sentirse un fraude es, a veces, preferible al terror de no sentir nada, de no tener ninguna explicación para el caos. Nos aferramos a esa historia negativa porque, al menos, es una historia. Este autoataque, además, tiene una base neurobiológica: la autocrítica persistente activa el sistema de amenaza de nuestro cerebro, liberando hormonas del estrés como el cortisol, como si estuviéramos enfrentando un peligro real. La rumiación de estos pensamientos ocurre en la Red Neuronal por Defecto, la misma que usamos para soñar despiertos, convirtiéndola en una cámara de eco para nuestro supuesto fraude.

La Pista Oculta: ¿La Humildad de Quién Repites?

¿Y si este sentimiento de ser un «fraude» no fuera del todo tuyo? A veces, no permitirnos ser grandes o dueños de nuestro éxito es un profundo acto de lealtad invisible.

Las raíces del Fenómeno del Impostor a menudo están en la dinámica familiar temprana. Crecer en una familia que valora enormemente el logro por encima de todo, o ser etiquetado como «el sensible» frente a un hermano «brillante», puede enseñarnos que nuestra valía es condicional o que carecemos de habilidad innata.

Sentirnos pequeños e impostores es una manera inconsciente de ser fiel a un sistema familiar donde el éxito era visto con sospecha, donde alguien fue humillado por destacar, o donde la norma era la modestia extrema. Es una forma de decir a nuestro clan: «No os he traicionado. Sigo siendo uno de los vuestros».

Conclusión: Una Tregua con tu Impostor

El sentimiento de ser un fraude no es la verdad sobre ti; es el eco de una historia rota y, quizás, de una lealtad que ya no te sirve. No se trata de «vencer» al impostor en una batalla, sino de empezar a dialogar con él, de cambiar tu relación con esa voz.

Te propongo un pequeño ejercicio. Escribe en un papel un solo logro de tu pasado, por pequeño que sea. Cuando aparezca la voz del impostor para invalidarlo («fue fácil», «tuviste ayuda», «fue suerte»), no discutas con ella. Simplemente, obsérvala y dile: «Gracias por intentar protegerme del peligro de destacar, pero esto que logré también es parte de mi historia». No se trata de convencerle, se trata de empezar a integrar todas las partes de tu relato.A menudo, la voz del impostor nos mantiene anclados al pasado, analizando cada error y restando valor a cada victoria. De esa trampa, la de vivir permanentemente en el ayer, hablaremos en nuestro próximo artículo: «Atrapado en el Ayer: La Nostalgia como Refugio y como Prisión».

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